Vida de Charlotte Bronte

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Tengo la sensación de que es una farsa sentarme a escribirte ahora sin tener nada que contar que merezca la pena; en realidad, si no fuera por dos razones, lo dejaría para dentro de quince días como mínimo. La primera razón es que necesito otra carta tuya, porque tus cartas son interesantes, siempre contienen algo; algunos resultados de la experiencia y la observación; una las recibe con placer y las lee con deleite; y no puedo contar con recibir esas cartas si no las contesto. Me gustaría que la correspondencia pudiera organizarse para que fuera unilateral. La segunda razón es un comentario de la última tuya; dice que te sentías sola, como yo en Bruselas, y que por ello sentías un peculiar deseo de saber de una antigua conocida. Lo entiendo perfectamente. Recuerdo que cuando estaba en el mencionado lugar, la nota más breve me parecía todo un placer; así que te escribo. También tengo una tercera razón para hacerlo: es el inquietante terror de que vayas a suponer que te he olvidado, que mi afecto se enfría con la ausencia. No es propio de mí olvidarte; aunque creo que si viviéramos juntas siempre, montaría en cólera y explotaría a veces; y tú también lo harías; y luego nos reconciliaríamos y seguiríamos tranquilamente como antes. ¿Te has sentido alguna vez disgustada con tu carácter cuando pasas mucho tiempo en el mismo sitio, en el mismo escenario, sometida a una especie de fastidio exasperante? Yo sí: ahora mismo me encuentro en ese estado de ánimo nada envidiable. Creo que pierdo el humor demasiado pronto, que soy demasiado suspicaz, demasiado irritable y vehemente. Creo que me gustaría ser tan impasible y serena como dices que es la señora —; o, al menos, me gustaría tener su capacidad de autocontrol y disimulo; claro que no aceptaría sus ideas y sus costumbres artificiales con su compostura. En realidad creo que prefiero ser como soy [...] Haces bien en no irritarte por las máximas convencionales que encuentras. Mira todas las costumbres nuevas como experiencias nuevas: si ves miel, recógela [...] En realidad, creo que no hay que despreciar todo lo que vemos en el mundo simplemente porque no es a lo que estamos habituados. Supongo, en cambio, que en no pocas ocasiones hay importantes razones para las costumbres que nos parecen absurdas; y si alguna vez volviera a vivir en el extranjero intentaría analizar las cosas antes de condenarlas. La ironía y la crítica indiscriminadas son pura y simple majadería, eso es todo. Anne se encuentra mucho mejor, pero papá lleva casi quince días con gripe; a veces le dan ataques de tos angustiosos y está muy desanimado.


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