La Muerta enamorada
La Muerta enamorada La mirada de la bella desconocida mudaba gradualmente de expresión, a medida que la ceremonia continuaba. Al principio tierna y acariciadora, se teñÃa más y más de una suerte de desdén y desaprobación, como expresando descontento por no haber sido escuchada.
Hice un esfuerzo, que en sà hubiera sido suficiente para mover una montaña, tratando de expresar en un grito mi voluntad de no hacerme sacerdote. Pero nada logré. La lengua estaba pegada al paladar, y me fue imposible traducir mi intención con el más insignificante gesto negativo.
Me encontraba, aunque despierto, en una suerte de pesadilla.
Ella pareció sensible al martirio que yo estaba sufriendo y, como si quisiera alentarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema, de los que cada mirada constituÃa una canción.
Era como si me dijera: