La Muerta enamorada
La Muerta enamorada «Si quisieras ser mÃo, yo te harÃa ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte Dios en el ParaÃso; los ángeles se sentirÃan envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre, con el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la vida. Ven a mÃ: juntos seremos el amor. Nuestra existencia transcurrirá como un sueño, y será sólo un largo, eterno beso. Tira por tierra el vino del cáliz que te ofrecen, y serás libre. Yo te guiaré hacia islas desconocidas: dormirás sobre mi seno, en un lecho de oro macizo, bajo un baldaquÃn de plata, porque te amo, y quiero arrebatarte a Dios, hacia el cual tantos nobles corazones derraman inútilmente torrentes de amor, que ni siquiera llegan hasta él».
Me parecÃa sentir estas palabras acompañadas por una música de infinita dulzura, porque su mirar tenÃa algo de sonoro, y las frases que sus bellÃsimos ojos me transmitÃan resonaban en lo profundo de mi corazón como si una boca invisible me las soplara en el alma. Me sentÃa muy dispuesto a renunciar a Dios, pero entretanto continuaba maquinalmente cumpliendo todas las formalidades del rito. La hermosa me echó una mirada tan suplicante como desesperada que fue como si aguzadas hojas traspasaran mi corazón.
Pero ahora estaba hecho: era sacerdote.