La Muerta enamorada

La Muerta enamorada

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Creo que nunca rostro humano supo expresar angustia más desgarradora: la muchacha que ve caer a su lado al prometido, fulminado de improviso por un síncope, la madre que encuentra vacía la cuna de su niño, el avaro que encuentra una piedra en el sitio de su tesoro, el poeta que ha dejado caer en el fuego la única copia del manuscrito de su obra más importante, no tienen ciertamente una expresión más desolada e inconsolable. Púsose blanca como el mármol, los bellísimos brazos se le cayeron a lo largo del cuerpo. Apoyóse en un pilar, como si las piernas ya no pudieran sostenerla. En cuanto a mí, estaba lívido, la frente bañada de sudor más ardiente que el del Calvario. Me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, me sofocaba; las bóvedas me parecían aplastar mis espaldas: me sentía como si debiera sostener yo solo el peso íntegro de la cúpula.

Estaba por trasponer el umbral cuando una mano aferró bruscamente la mías: ¡una mano de mujer! No la había tocado nunca: era fría como la piel de una serpiente, y sin embargo me dejó una sensación ardorosa como la marca de un hierro candente. Era ciertamente ella. «¡Desdichado! ¡Qué has hecho!», me susurró. Luego, desapareció entre el gentío.



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