La Muerta enamorada
La Muerta enamorada Pasó ante mí el viejo obispo. Me escrutó con aire severo. En efecto, mi continente debía parecer harto extraño: palidecía y enrojecía de continuo, y sin razón aparente, la cabeza me daba vueltas. Uno de mis compañeros tuvo piedad de mi estado, y se tomó la molestia de acompañarme de nuevo: solo, no hubiera encontrado ciertamente el camino del seminario.
A la vuelta de una callejuela, mientras mi compañero miraba a otro lado, un pajecito negro, extrañamente vestido, se me acercó y, sin detenerse, me entregó una pequeña cartera preciosamente historiada, haciéndome seña de que la ocultara. La deslicé en la manga, y no la saqué sino cuando me volví a encontrar a solas en mi celda. Hice saltar la manilla: dentro había nada más que dos hojitas de papel con estas palabras: «Clarimonda, palacio Concini».
Estaba tan poco informado, en esa época, de las cosas del mundo, que nada sabía de Clarimonda, si bien a la redonda se hablase mucho de ella, y además ignoraba por completo donde estaba el palacio Concini.
Hice mil conjeturas, una más desaforada que la otra, pero, en verdad, lo que contaba para mí era lograr volver a verla, y le daba muy poca me importancia a lo que ella fuera, gran dama o cortesana.