El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia —No se me habÃa ocurrido eso. Es una moraleja muy sabia. No deseo cargar con las responsabilidades de mi hermana y de su marido. Pero dime, tú que prestas dinero a tanta gente: ¿acaso los que te piden dinero prestado no te lo devuelven?
Maton sonrió con el gesto que permite la experiencia.
—¿Acaso serÃa un buen préstamo si no me lo devolvieran? ¿No crees que el prestamista tiene que ser lo suficientemente listo como para juzgar con precaución si el oro que presta será de utilidad para el que lo pide prestado y después le será devuelto, o si el oro se desperdiciará inútilmente y dejará al que lo ha pedido abrumado por una deuda que nunca podrá devolver?
»Voy a enseñarte las monedas que tengo en mi cofre y voy a dejar que te cuenten algunas historias. Llevó a la habitación un cofre tan largo como su brazo, cubierto con piel de cerdo roja y adornado con figuritas de bronce. Lo depositó en el suelo y se agachó delante de él, con las dos manos colocadas encima de la tapa.
»Exijo una garantÃa de cada persona a quien presto dinero y la dejo en el cofre hasta que me devuelven el dinero. Cuando lo hacen, se la devuelvo pero si no lo hacen, este depósito me recordará siempre a aquél que me ha traicionado.