El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia »No tuve necesidad de que me lo dijeran dos veces; se lo agradecí calurosamente y me fui en medio de la noche. No conocía aquel extraño país y sólo tenía una pequeña idea de la dirección que había de seguir para llegar a Babilonia, pero me adentré valientemente en el desierto hacia las colinas. Iba montado en un camello y aviaba al otro. Viajé durante toda la noche y el día siguiente lleno de ansiedad, conocedor de la suerte reservada a los esclavos que roban la propiedad de sus amos e intentan escapar.
»Hacia el final de la tarde llegué a un país árido, tan inhabitable como el desierto. Las agudas piedras herían las patas de mis fieles camellos que lentamente y con gran esfuerzo elegían la ruta. No encontré hombre ni bestia y pude comprender con facilidad por qué evitaban aquella tierra inhóspita.
»A partir de entonces, el viaje fue como pocos hombres pueden contar haber tenido. Día tras día, avanzamos lentamente.
»Ya no teníamos agua ni comida. El calor del sol era despiadado. Al final del noveno día, resbalé de mi montura con el sentimiento de que era demasiado débil para volver a montar y que con toda seguridad moriría en aquel país deshabitado.
»Me tendí en el suelo y dormí. Sólo me desperté con las primeras luces del alba.