Los padecimientos del joven Werther

Los padecimientos del joven Werther

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Por la noche volví a cenar; aún quedaban algunos en la posada; estaban jugando a los dados en un rincón y habían quitado el mantel. Entonces llega el sincero Adelin, se quita su sombrero mientras me mira, se acerca a mí y me dice en voz baja: «¿Estás enfadado?». «¿Yo?», respondo. «El conde te ha echado de la tertulia». «¡Que el demonio se la lleve! —respondo—, me alegré de poder salir al aire libre». «Bien —dice él—, mejor tomárselo así. Sólo me molesta que el cuento esté ahora en boca de todos». Entonces el asunto comienza a molestarme. Todos los que vienen a la mesa y te observan, pensaba, te están mirando por ese motivo. Esto me pudría la sangre.

E incluso hoy, vaya donde vaya, la gente me compadece, y los que me envidian se sienten triunfantes y dicen: aquí se ve a dónde lleva el creerse más de lo que se es; a dónde van los orgullosos que asoman un poco la cabeza y creen que por eso ya están por encima de las relaciones sociales y chismorreos del mismo palo. Entonces deseo atravesarme el corazón con un cuchillo, porque uno puede decir lo que quiera sobre el autocontrol, pero me gustaría verlo soportar cómo unos villanos hablan sobre él cuando tienen argumentos en su contra; cuando las murmuraciones son vanas, entonces es fácil ignorarlas.

16 de marzo


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