Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther He finalizado la visita a mi lugar natal con todo el recogimiento de un peregrino y algunas sensaciones inesperadas han hecho presa en mí. Ordené que nos detuviéramos junto al gran tilo que se encuentra a un cuarto de hora de la ciudad en dirección a S***, me apeé y ordené al postillón que continuara el viaje para disfrutar a pie de cada recuerdo como si fuera algo completamente nuevo y vivo, siguiendo los impulsos de mi corazón. Allí estaba yo, bajo el tilo que antaño, cuando era un niño, había sido el destino y la frontera de mis paseos. ¡Qué distinto es todo ahora! Entonces ansiaba salir de allí en mi feliz ignorancia y llegar al mundo desconocido, donde mi corazón esperaba encontrar tanto alimento, tantos placeres, ansiando llenar y satisfacer mi esforzado pecho, en el que tantas expectativas residían. Ahora vuelvo del ancho mundo… ¡Ay, amigo mío, con cuántas esperanzas fallidas, con cuántos planes destruidos! Veía ante mí las montañas que habían sido objeto de mis deseos miles de veces. Podía permanecer allí sentado durante horas y anhelar ir más allá, perderme con ferviente espíritu en los bosques, en los valles en los que, a mis ojos, se producirían los más alegres amaneceres. Y cuando debía volver a la hora señalada, ¡con cuánto disgusto abandonaba aquel querido lugar! Me acerqué a la ciudad, saludé los pabellones de los jardines que conocía de antiguo, mientras que los nuevos me resultaban repulsivos, como el resto de los cambios que se habían llevado a cabo. Traspasé la puerta y me sentí exactamente igual que entonces. Querido amigo, no puedo entrar en detalles; por fascinante que me pareciera entonces, la narración lo convertiría en algo banal. Decidí alojarme en la plaza del mercado, justo al lado de nuestra antigua casa. Mientras me dirigía hacia allí, percibí que la escuela donde una maravillosa anciana había domeñado nuestra infancia se había convertido en una tienda de baratijas. Recordé la intranquilidad, las lágrimas, la falta de agudeza, el miedo mortal que había soportado en aquel agujero. No daba un paso que no resultara singular. Un peregrino en Tierra Santa no se encuentra con tantos lugares que conmemoran acontecimientos religiosos y su espíritu difícilmente está tan lleno de sagrada emoción. Déjame mencionarte uno más de entre miles. Descendí siguiendo el río hasta cierto patio; este había sido también el camino que seguía y el lugar donde entrenábamos de niños para lograr que los cantos lisos dieran el mayor número de saltos posibles sobre el agua. Recordaba vivamente que a veces me quedaba allí de pie y seguía el agua con la mirada. ¡Con qué maravillosos presagios la perseguía, qué descabelladas eran las ideas que se me ocurrían sobre la región hacia donde fluía y cómo mi fantasía encontraba allí sus fronteras! Y sin embargo debía continuar avanzando, siempre avanzando, hasta que me perdía por completo en la contemplación de una lejanía invisible. ¡Fíjate, querido amigo, así de limitados y así de felices eran los gloriosos padres de la antigüedad! ¡Sus sentimientos, su poesía, eran así de infantiles! Cuando Ulises habla del insondable mar y de la infinita tierra, resulta tan cierto, tan humano, íntimo, concreto y misterioso. ¿Qué me aporta poder repetir con cada niño de escuela que es redonda? El ser humano precisa de poco terreno para ser feliz sobre la tierra y mucho menos para yacer debajo.