Los padecimientos del joven Werther

Los padecimientos del joven Werther

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Te lo ruego. ¿Ves? ¡Estoy acabado, no lo soporto más! Hoy estaba sentado a su lado… yo estaba sentado y ella tocaba al piano diversas melodías y ¡con una expresión! ¡Toda! ¡Toda! ¿Y qué podía hacer? Su hermana pequeña acicalaba a su muñeca sobre mi rodilla. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me incliné y me topé con su anillo de boda… Mis lágrimas fluyeron. Y de repente comenzó aquella antigua melodía de celestial dulzura, de repente, y una sensación de consuelo recorrió mi alma, y un recuerdo del pasado, de los tiempos en los que oía la canción, los oscuros espacios intermedios de disgusto, las esperanzas decepcionadas, y entonces… Caminé de un lado a otro de la estancia, mi corazón se ahogaba de necesidad. «¡Por el amor de Dios! —dije en un ataque de vehemencia dirigido a ella—, ¡por el amor de Dios, parad!». Ella se detuvo y me miró fijamente. «Werther —me dijo sonriendo—, estáis muy enfermo, no soportáis vuestros platos preferidos. ¡Marchaos! Os ruego que os tranquilicéis». Me aparté de ella y… ¡Dios, tú conoces mi desgracia y acabarás con ella!

6 de diciembre




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