Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther El embajador me causa mucho disgusto, como me temÃa. Es el necio más puntilloso que pueda existir; todo debe ir pasito a pasito y además es prolijo como una solterona; una persona que nunca está satisfecha consigo misma y por tanto es imposible de contentar. Me gusta trabajar rápido y sin preocuparme por el resultado; pero siempre está dispuesto a devolverme un escrito y decirme: «Está bien, pero repáselo, siempre se encuentra una palabra mejor, una partÃcula más apropiada». Entonces se me llevan los demonios. No puede faltar ni una «y», ni una conjunción, y es un enemigo mortal sobre todo de los hipérbatos que a veces se me escapan; cuando no se armonizan los periodos siguiendo la melodÃa prescrita, no entiende nada de nada. Es un martirio tratar con una persona asÃ.
La confianza con el conde de C*** es lo único que me sirve de desagravio. Hace poco me dijo con mucha razón lo descontento que estaba con la lentitud y la gravedad de mi embajador. «Esta gente se pone trabas a sà misma y a los demás; no obstante —dice—, es necesario resignarse como un viajero que debe cruzar una montaña; evidentemente, si la montaña no estuviera allÃ, el camino serÃa mucho más cómodo y corto, pero ahà está y hay que cruzarla».