Almas muertas

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Después de haber echado una siestecilla, ordenó que le trajeran agua, y se enjabonó por extenso las dos mejillas, que hacía lo posible por mantener tersas ayudándose con la lengua. Acto seguido, cogiendo la toalla del hombro del mozo de la posada, restregó en todos sentidos sus mofludo rostro, comenzando por detrás de las orejas, no sin antes soltar dos resoplidos frente a la misma boca del sirviente. A continuación se puso la lechuguilla delante del espejo, se arrancó dos pelitos que le salían de la nariz y se introdujo en un frac de color rojo pálido con motitas. Así compuesto, se hizo llevar en su propio coche por las amplias calles, escasamente iluminadas por la débil luz que salía de alguna ventana. Pero eso sí, la casa del gobernador se hallaba iluminada como si en ella se tuviera que celebrar un baile. Se encontraban allí coches provistos de sus faroles, dos gendarmes montaban guardia junto a la puerta principal, y en la lejanía se oían los gritos de los postillos: en resumen, no faltaba ni un solo detalle.







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