Almas muertas

Almas muertas

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En seguida colocaron en su mano las cartas, invitándole a jugar al whist, cosa que aceptó mediante otra cortés inclinación. Se sentaron alrededor del tapete verde y ya no lo abandonaron hasta la hora de cenar. Todas las conversaciones cesaron totalmente, como sucede siempre que al fin se emprende una tarea que vale la pena. El mismo jefe de Correos, tan parlanchín como era, nada más verse las cartas en la mano, adoptó un semblante de pensador, cubrió su labio superior con el inferior, y así continuó durante el tiempo en que se prolongó el juego. Siempre que echaba una figura, daba un violento golpe en la mesa y decía:

—¡Ahí tenéis a la vieja mujer del pope!

Y si era un rey, decía;

—¡Ahí tenéis al campesino de Tambov!

Y el presidente de la Cámara añadía:

—¡De los bigotes! ¡Voy a tirarle de los bigotes!

En algunas ocasiones, cuando echaban una carta, se les escapaban frases como éstas:

—¡Que sea lo que fuere! ¡A falta de otra cosa, echaremos piques!

O bien simples exclamaciones:

—¡Corazones! ¡Corazoncitos! ¡Piques! ¡Piquitos!

O sencillamente:

—¡Pic!


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