Almas muertas
Almas muertas Chichikov no se dio cuenta de su presencia, ni siquiera prestó atención a los innumerables funcionarios flacos y con bastón que probablemente volvían a su casa tras un paseo por los alrededores de la ciudad. De vez en cuando llegaban a sus oídos gritos que parecían de mujer: «¡Mientes, borracho! ¡Jamás te he tolerado tal clase de groserías!», «¡No me pegues, bestia! ¡Acompáñame a la comisaría y allí te lo demostraré!». En resumen, expresiones que queman como la pez hirviendo a cualquier muchacho de veinte años cuando, al regresar del teatro, lleva en su pensamiento una calle española, la noche de España y una maravillosa imagen de mujer de rizados cabellos y con una guitarra en sus manos. ¿Qué sueños no bullirán en su mente?
Se halla en el paraíso, ha acudido a visitar a Schiller, cuando de pronto estallan como trueno las fatales palabras y advierte que otra vez ha regresado a la tierra, que se halla en la plaza Sennaia, muy cerca de una taberna, y de nuevo se ve envuelto en las miserias de la vida cotidiana.