Almas muertas
Almas muertas Por último, tras una sacudida más que mediana, el carruaje pareció quedar como en una zanja, frente a la puerta de la posada, y Chichikov fue recibido por Petrushka, quien con una mano sujetaba los faldones de su levitón, ya que le molestaba que se le abriera, mientras que con la otra le ayudó a apearse. También salió a su encuentro el mozo de la posada, llevando una vela en la mano y el paño al hombro. Ignoramos si Petrushka se mostró contento de la llegada de su señor. Pero sà sabemos que él y Selifán se hicieron guiños y que su rostro, tan severo habitualmente, pareció aclararse algo.
—Ha pasado el señor largo tiempo fuera —dijo el mozo mientras alumbraba la escalera.
—Sà —dijo Chichikov al subir el primer peldaño—. Bueno, ¿y tú, qué me cuentas?
—A Dios gracias estoy bien —repuso el mozo haciendo una inclinación—. Ayer llegó un militar. Es teniente, y ocupa la habitación dieciséis.
—¿Un teniente?
—No sabemos de quién se trata. Vino de Riazán, trae caballos bayos.
—Bueno, bueno, ya veremos cómo te sigues portando —dijo Chichikov, y penetró en su aposento.
Cuando cruzó el vestÃbulo venteó el aire y dijo a Petrushka:
—Lo menos que podÃas haber hecho es ventilar la habitación.