Almas muertas
Almas muertas Por la mañana, incluso antes de la hora indicada en la ciudad de N. para recibir visitas, una dama engalanada con un distinguido vestido a cuadros cruzó la puerta de una casa de madera pintada de color amarillo, con buhardas y columnas azules; esta dama iba acompañada por un lacayo de librea con diversas esclavinas y galón de oro en su brillante sombrero redondo. La dama subió con precipitación las gradas del estribo del carruaje que le esperaba a la entrada. El lacayo cerró la portezuela, levantó el estribo, y, después de agarrarse a la correa de la trasera, exclamó dirigiéndose al cochero: «¡Vamos ya!».
La dama experimentaba el irrefrenable deseo de comunicar lo antes posible una noticia de la que acababa de enterarse. No hacía más que mirar por la ventanilla y con sumo pesar observaba que todavía faltaba por recorrer la mitad del camino. Las calles le parecían más largas que de costumbre. El asilo, una gran casa blanca de mampostería con estrechas y pequeñas ventanas, se hacía tan tremendamente largo que, por último, gritó, incapaz de contenerse:
—¡Maldito edificio! ¡Nunca se acabará!
El cochero tuvo que escuchar dos veces la misma orden:
—¡Vamos, aprisa, Andriushka! ¡Con qué calma te lo tomas hoy!
