Almas muertas

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CAPÍTULO XI

Ahora bien, todo ocurrió de distinto modo a como Chichikov lo había planeado. En primer lugar, se despertó más tarde de lo que calculaba: ésta fue la primera contrariedad. Después de haberse levantado, mandó a preguntar si el coche estaba ya enganchado y todo lo demás dispuesto, pero se le comunicó que ni había sido enganchado el coche ni estaba nada dispuesto. Ésa fue la segunda contrariedad. Se enojó, amenazó con azotar a nuestro amigo Selifán y aguardó impaciente a que apareciera este último con las disculpas que pudiera ofrecerle a fin de justificarse. Selifán pronto cruzó la puerta y el señor experimentó la satisfacción de oír justamente las mismas frases que los criados dicen cuando se tiene prisa por emprender un viaje.

—Es necesario herrar los caballos, Pavel Ivanovich.

—¡Pedazo de imbécil! ¡Animal! ¿Por qué no me lo avisaste antes? ¿Acaso no has tenido tiempo?

—Sí he tenido tiempo… Y también, Pavel Ivanovich, se tiene que ajustar la llanta de una rueda; está a punto de salirse y el camino no tiene más que baches… Y si lo permite, la delantera del coche se debe asegurar, porque tal como va no resistiría ni dos jornadas.


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