Almas muertas
Almas muertas Por encima de todo este conjunto de árboles y tejados se elevaba la vieja iglesia de madera con sus cinco cúpulas doradas que brillaban al sol. Las cinco cúpulas estaban rematadas por cinco cruces de oro labrado, sujetas mediante cadenas, asimismo de oro labrado, de tal forma que viéndolas de lejos daban la sensación de estar suspendidas en el aire sin apoyo de ninguna clase, reluciendo como monedas de oro. Y todo ello, las copas de los árboles, las cruces y las techumbres, aparecía reflejado graciosamente invertido en el río, donde los pobres sauces, con sus troncos llenos de agujeros, permanecían solitarios en sus orillas, al mismo tiempo que otros penetraban en el agua, hasta la cual descendían las ramas y las hojas, como contemplando la maravillosa imagen en aquellos lugares donde no se lo impedían las viscosas esponjas ni los amarillos nenúfares que flotaban entre el vivo verdor de la vegetación.
El paisaje era muy bello, pero aún lo era más contemplando a lo lejos desde lo alto del edificio. Ningún huésped o visitante se mostraba indiferente cuando se asomaba al balcón. El asombro los dejaba atónitos y sólo eran capaces de exclamar:
—¡Santo Dios, qué panorama!