Almas muertas
Almas muertas —Yo no pienso en modo alguno rebajarme ante él —objetó Tentetnikov ofendido—, y no puedo autorizarle para que hable en nombre mÃo.
—Yo no soy capaz de rebajarme —objetó por su parte Chichikov, asimismo ofendido—. Pedir perdón, humanamente, sà que puedo, pero rebajarme, nunca… Discúlpeme, Andrei Ivanovich, por mis buenos deseos, no imaginaba que mis palabras encontrarÃan tal acogida.
Todo esto fue dicho con un profundo sentimiento de dignidad.
—¡Perdóneme! —se apresuró a decir Tentetnikov, conmovido, al tiempo que le cogÃa las dos manos—. No era mi intención ofenderle. ¡Agradezco mucho sus buenas intenciones, se lo juro! Pero dejemos esta conversación. Le suplico que nunca más vuelva a hablarme de esto.
—Siendo asÃ, mañana iré a visitar al general.
—¿Para qué? —preguntó Tentetnikov, atónito, mirándole fijamente.
—Para presentarle mis respetos.
«¡Qué persona más rara es ese Tentetnikov!», se dijo Chichikov. «¡Qué persona más rara es ese Chichikov!», se dijo Tentetnikov.