Almas muertas
Almas muertas —¡Konstantin Fiodorovich! ¡Platón Mijailovich! ¡Cuánto me alegro de que hayan venido! Lo veo y no lo creo. Lo cierto es que tenÃa la seguridad de que nadie se dignarÃa visitarme. Todos huyen de mà como de la peste; tienen miedo de que les pida dinero prestado. ¡Oh, qué difÃcil, pero qué difÃcil es la vida, Konstantin Fiodorovich! Yo mismo me doy perfecta cuenta de que toda la culpa es mÃa. ¿Qué le voy a hacer? He vivido como un auténtico cerdo. Me perdonarán, señores, si les recibo como me ven. Las botas son viejas y están rotas, ya lo habrán observado. ¿Qué puedo ofrecerles?
—Sin cumplidos. Venimos por cierto asunto. Le he traÃdo a un comprador, Pavel Ivanovich Chichikov —dijo Kostanzhoglo.
—Mucho gusto en conocerlo. PermÃtame que le estreche la mano.
Chichikov extendió las dos.
—QuerrÃa muy de veras, estimado Pavel Ivanovich, poder mostrarle una hacienda que realmente valiera la pena… Pero dÃganme, señores, ¿han comido?
—SÃ, hemos comido ya —repuso Kostanzhoglo impaciente por abreviar los trámites—. No perdamos tiempo y vayamos en seguida al asunto.
—En este caso, vamos —y cogió su gorra.
Los recién llegados se pusieron las suyas y, todos juntos, comenzaron a caminar por la calle de la aldea.