Almas muertas
Almas muertas —TenÃas que haberte llegado tú mismo y aclarárselo. Ve y habla con él.
—No, ya se está dando demasiada importancia. No acudiré. Ve tú si lo deseas.
—IrÃa, pero yo no estoy al corriente de los asuntos… Me engañarÃa.
—Si a usted le parece bien —intervino Chichikov—, puedo ir yo mismo. DÃgame de qué se trata.
Vasili le miró fijamente y pensó: «¡Pues sà que le gustan los viajes!».
—ExplÃqueme solamente qué clase de hombre es y de qué se trata —dijo Chichikov.
—Me es violento encomendarle una misión tan poco grata. Como persona pienso que es un guiñapo. Es un hidalgueño de nuestra provincia que hizo su carrera en San Petersburgo, donde contrajo matrimonio con una hija natural de no sé quién. Ahora presume, quiere dar el tono. Pero nosotros no somos tan simples: nos negamos a aceptar la moda como una ley, y tampoco creemos que San Petersburgo sea un templo.
—Es verdad —dijo Chichikov—. ¿Y qué asunto es éste?
—Verá. Lo cierto es que tiene necesidad de tierras. Si hubiera actuado de otra forma, yo mismo le habrÃa cedido algo gratis en otra parte, pero no esas tierras baldÃas. Y ahora, con lo orgulloso que es, pensará…