Almas muertas

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Éste comenzó por romper a llorar, pero las palabras «ajo, ajo, guapo», el castañeteo de los dedos y el atractivo del dije de cornalina del reloj de Chichikov lograron atraerlo a sus brazos. Chichikov procedió a levantarlo hasta el mismo techo, haciendo que el pequeño sonriera agradablemente, cosa que produjo una gran alegría a los padres. Pero, bien como resultado de la inesperada satisfacción, bien por cualquier otra causa, el caso es que el pequeño cometió una inconveniencia.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la mujer de Lenitsin—. ¡Le ha ensuciado a usted el frac!

Chichikov miró: la manga de su frac nuevo aparecía totalmente sucia. «¡Ojalá te lleve el demonio, diablejo!», pensó extraordinariamente irritado.

El dueño, la dueña de la casa y la niñera se precipitaron en busca de agua de colonia. Por todos lados se presentó gente dispuesta a secar el frac.

—No es nada, no ha pasado nada —exclamaba Chichikov intentando comunicar a su cara, en la medida de lo posible, una expresión alegre—. ¿Es que puede ensuciar algo un niño a su feliz edad? —repetía, al mismo tiempo que pensaba: «¡El muy animal! ¡Ojalá se lo traguen los lobos! ¡Pues no tiene mala puntería el maldito granujilla!».


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