Almas muertas
Almas muertas Y al decir esto, le miró abierta y francamente a los ojos.
Por muy astuto que fuera Lenitsin y por muy ducho que estuviera en los asuntos de la Administración, se quedó atónito y sin saber qué hacer, tanto más que, paradójicamente, había caído preso en sus propias redes. Era incapaz de cometer una injusticia y se resistía a hacer nada injusto, aunque fuera en secreto.
«¡Extraño lance! —pensó—. ¡Para que uno entable íntima amistad incluso con la gente de bien! ¡Es todo un problema!».
Pero el destino y las circunstancias parecían haberse confabulado para favorecer a Chichikov. Como para ayudar a resolver tan peregrino y difícil asunto, penetró en la estancia la joven dueña de la casa, la mujer de Lenitsin, pálida, bajita y flacucha, pero vestida a la moda de San Petersburgo y muy aficionada a las personas comme il faut[59]. Detrás de ella, en brazos de la niñera, entró el primogénito, fruto del dulce amor de los jóvenes esposos. La soltura con que se aproximó a ella y la inclinación que Chichikov supo dar a su cabeza cautivaron por entero a la dama petersburguesa, y acto seguido al niño.