Almas muertas

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Únicamente la mala cosecha y las calamidades de un año que en efecto había sido malo retenían a numerosos terratenientes en sus aldeas. En cambio, los funcionarios públicos, para quienes la cosecha no había sido mala, comenzaron a desatar sus bolsas; y sus mujeres, por desgracia, hicieron otro tanto. Saturadas con la lectura de los diversos libros que se habían publicado recientemente con el propósito de inspirar otras necesidades a la humanidad, se consumían en deseos de probar toda clase de nuevos placeres. Cierto francés abrió un establecimiento como hasta entonces no se había oído hablar en la provincia, llamado Vauxhall, en el cual se servían comidas, en extremo baratas según se decía, con facilidades de pago, ya que la mitad del importe lo entregaban a crédito. Esto bastó para que no sólo los jefes de negociado, sino absolutamente todos los oficinistas —confiados en las futuras gratificaciones de los solicitantes—, dieran rienda suelta a sus ansias de expansionarse.







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