Almas muertas

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Todos ellos experimentaron el afán de alardear de coches y de cocheros. Y es que cuando los jefes de negociado se sienten en vena de divertirse… A pesar de las lluvias y del fango, los elegantes coches no paraban en sus idas y venidas. Dios sabía de dónde los habían sacado, pero no habrían quedado nada mal ni siquiera en San Petersburgo. Los propietarios de las tiendas y sus dependientes se descubrían con suma amabilidad y convidaban a entrar a las señoras. Eran escasos los barbudos con gorros de piel. Abundaba el tipo europeo, con la barba afeitada, de apariencia debilucha y dientes careados.

—¡Aquí, aquí tengan la bondad! ¡Hagan el favor de pasar a la tienda!

—¡Señor, señor! —gritaban en algunos lugares los aprendices.

Pero los intermediarios que conocían Europa los observaban con aire despectivo, y con un sentimiento de dignidad, se limitaban a exclamar alguna que otra vez: «Tenemos paño de color blanco y negro».

—¿Tienen paño de color rojo oscuro con pequeñas motitas? —preguntó Chichikov.

—Hay un paño magnífico —repuso el comerciante al mismo tiempo que con una mano se desprendía de la gorra y con la otra señalaba la tienda.


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