Almas muertas
Almas muertas Chichikov entró. El comerciante alzó ágilmente la tabla del mostrador y pasó al otro lado, dando la espalda a las telas, que pieza por pieza se iban amontonando hasta llegar al techo, y de frente al cliente. Apoyó las dos manos en el mostrador y mientras hacÃa balancear suavemente el cuerpo, preguntó:
—¿Qué clase de paño desea?
—Con motitas de color aceituna o verde botella, o parecido al arándano —repuso Chichikov.
—Aquà lo hallará de primerÃsima calidad, como el mejor que se puede encontrar en las capitales civilizadas. ¡Eh, muchacho! Tráeme ese paño de arriba, el número treinta y cuatro. ¡No, ése no, amigo! Siempre estás distraÃdo como un proletario cualquiera. Déjalo aquÃ. ¡Vea qué paño!
Y tras desenrollar la pieza, acercó la tela a las mismas narices de Chichikov, con lo que éste tuvo ocasión no sólo de acariciar el sedoso brillo del paño, sino también de olerlo.
—Es de buena calidad, pero no es lo que yo deseo —dijo Chichikov—. He sido funcionario de Aduanas y allà podÃa encontrarlo de calidad realmente superior, realmente rojo y con las motitas que no tiraban a verde botella, sino a arándano.