Almas muertas

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—Entiendo. Usted quiere el color que ahora comienza a estar de moda en San Petersburgo. Tengo un paño excelente. Le advierto que es caro, pero, eso sí, de lo mejor.

El europeo se encaramó. Cayó la pieza. Él procedió a desenrollarla y lo hizo con el arte de otros tiempos, llegando incluso a olvidarse por unos momentos de que pertenecía a una generación posterior, y hasta sacó la pieza a la puerta para que el cliente la viera a la luz, diciendo:

—¡Es un paño magnífico! Color humo y llama de Navarino.

El paño gustó a Chichikov y ajustaron el precio, a pesar de que era «precio fijo», según afirmaba el comerciante. Éste rasgó con gran habilidad la tela con las manos y envolvió el corte, al estilo ruso, con increíble rapidez. Ató el paquete con un bramante, hizo el nudo, cortó la cuerda con las tijeras y finalmente ordenó que llevara el paquete al coche.

—Enséñeme un paño negro —resonó en aquel momento una voz.

«¡Diablo, si es Jlobuev!», pensó Chichikov, y se volvió de espalda para pasar desapercibido, ya que no creía oportuno tener con él explicación alguna respecto a la herencia. Pero Jlobuev ya había advertido su presencia.


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