Almas muertas

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—¿Cómo es eso, Pavel Ivanovich, me rehúye usted? No consigo encontrarle en ninguna parte. Es un asunto que tenemos que tratar muy seriamente.

—Mi querido amigo —dijo Chichikov dándole un apretón de manos—, puede tener la seguridad de que siempre quiero hablar con usted, pero aún no he tenido un momento disponible.

Y al mismo tiempo se decía para sus adentros: «¡Ojalá se te lleve el diablo!».

En ese preciso instante vio que entraba Murazov.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Pero si es Afanasi Vasilievich! ¿Qué tal está usted?

—Bien, ¿y usted? —respondió Murazov descubriéndose.

El comerciante y Jlobuev también se descubrieron.

—Me molesta el lumbago y duermo bastante mal. Sin duda será debido a que no me muevo mucho…

Pero Murazov, en lugar de interesarse por el motivo de los achaques que aquejaban a Chichikov, se dirigió hacia Jlobuev.

—Semión Semionovich, cuando he visto que entraba usted en esta tienda he corrido en su busca. Debo hablar sin falta con usted. ¿No le importaría venir a mi casa?

—Claro, claro —se apresuró a exclamar Jlobuev, quien salió tras él.


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