Almas muertas
Almas muertas «¿Qué será lo que tienen que decirse?», pensó Chichikov.
—Afanasi Vasilievich es un hombre honorable e inteligente —dijo el comerciante—, y conoce muy bien su profesión, pero no tiene cultura. Porque el que se dedica al comercio es un hombre de negocios, y no un simple comerciante. Es algo que aparece unido al presupuesto, y a la reacción, pues de lo contrario sobreviene el pauperismo.
Chichikov intentó desentenderse de esta monserga.
—Pavel Ivanovich, le he estado buscando por todos lados —resonó detrás de él la voz de Lenitsin. El comerciante se descubrió con respeto.
—¡Ah, es Fiodor Fiodorovich!
—Por Dios se lo ruego, venga a mi casa. He de hablar con usted —dijo.
Chichikov se dio cuenta de que estaba desencajado. Pagó la compra y abandonó la tienda.
—Estaba esperándole, Semión Semionovich[62] —dijo Murazov viendo que Jlobuev entraba—. Tenga la bondad de pasar a mi cuartito —y llevó a Jlobuev a la estancia ya conocida por el lector; no se hallarÃa otra tan modesta en casa de un funcionario que cobra un sueldo anual de setecientos rublos.
—DÃgame, imagino que su situación habrá mejorado ¿Ha heredado algo al morir su tÃa?