Almas muertas

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—Ya lo intenté, Afanasi Vasilievich, intenté lograrlo. ¿Qué quiere que le haga si me siento viejo, si no soy más que un ser inútil, un incapaz? ¿Qué puedo hacer? ¿Buscar una colocación? ¿Cómo me voy a sentar, a mis cuarenta y cinco años, en la misma mesa de los escribientes que están comenzando? Por otra parte, yo no soy capaz de prevaricar; saldría perdiendo y a los demás les ocasionaría un perjuicio. Han constituido sus castas. No, Afanasi Ivanovich, lo he pensado bien, he meditado, he pasado revista a todas las colocaciones. No sirvo para nada. Sólo para ir a un asilo…

—El asilo es para aquellos que trabajaron; a los que pasaron la juventud entre placeres y diversiones les responden como la hormiga a la cigarra: «¡Márchate y continúa bailando!». Por otra parte, los que están en el asilo trabajan también, no pasan su tiempo jugando al whist. Semión Semionovich —concluyó Murazov clavando los ojos en su rostro—, se engaña a sí mismo y pretende engañarme a mí.

Murazov no apartaba la mirada de su rostro, pero el infeliz Jlobuev no sabía qué responder. Murazov se compadeció de él.

—Escúcheme, Semión Semionovich, usted reza, acude a la iglesia, estoy muy bien enterado de que no se pierde ni los maitines ni las vísperas. Le disgusta madrugar, pero se levanta y acude a la iglesia a las cuatro de la madrugada, cuando los demás continúan durmiendo.


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