Almas muertas
Almas muertas —Eso es muy distinto, Afanasi Vasilievich. Sé que eso no lo hago por nadie sino por Aquel que nos mandó a todos permanecer en el mundo. ¿Qué quiere usted? Pienso que Él es misericordioso conmigo; por muy ruin y miserable que yo sea, Él puede perdonarme y acogerme, y en cambio los hombres me rechazarán con un puntapié y el mejor de los amigos me traicionará, y aún afirmará que su intención era buena.
Un sentimiento de amargura apareció reflejado en el rostro de Jlobuev.
El pobre hombre derramó una lágrima, pero no…
—Sirva pues a Aquel que es tan misericordioso. Le gusta el trabajo tanto como la oración. Ocúpese usted en cualquier cosa, pero ocúpese en ella como si la hiciera para Él y no para los hombres. Aunque no le rinda beneficio alguno, pero piense que lo está haciendo para Él. Siempre tendrá la ventaja de que no dispondrá de tiempo para cosas malas: para jugar a los naipes, para una comilona, para la vida de sociedad. ¡Vamos, Semión Semionovich! ¿Conoce usted a Iván Potapich?
—SÃ, y siento mucha estimación por él.