Diario de un loco
Diario de un loco Ella no me reconoció y yo procuré ocultarme y pasar inadvertido, pues llevaba un capote muy manchado y cuyo corte, además, estaba pasado de moda. Ahora se llevan las capas con cuellos muy largos, y el mío era muy corto; además, el paño de mi capote distaba mucho de ser elegante. Su perrita no tuvo tiempo de entrar y se quedó en la calle. Yo la conozco, se llama Medji. No había transcurrido ni un minuto, cuando oí de repente una vocecilla que decía:
-¡Hola, Medji!
Vaya. ¿Quién será el que habla? Miré y vi a dos señoras que caminaban debajo de un paraguas. Una de ellas era ya anciana; la otra, muy jovencita. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a oír la misma voz a mi lado.
-¡Debería darte vergüenza, Medji!
¡Qué diablos! Vi que Medji estaba olfateando al perro que iba con las dos señoras. "¡Vaya! ¿No estaré borracho? -pensé para mis adentros-. ¡Menos mal que esto no me ocurre a menudo!"
-No, Fidele; estás equivocado. Yo estuve… Hau, hau… Yo estuve muy enferma.