El Capote
El Capote En el departamento nadie le respetaba. Los ordenanzas no solo no se levantaban a su paso, sino que le prestaban tan poca atención como al vuelo de una mosca. Sus superiores le trataban con frialdad despótica. Cualquier ayudante de jefe de despacho le arrojaba los papeles debajo de la nariz sin molestarse en decirle siquiera: «Cópielos» o «Aquí tiene un asunto de lo más interesante» o alguna otra fórmula de cortesía, como corresponde a empleados bien educados. Sin fijarse en la persona que se los entregaba ni pararse a considerar si tenía derecho a encomendarle esa tarea, Akaki Akákievich se quedaba mirando un momento los papeles y a continuación se ponía manos a la obra. Los funcionarios jóvenes se burlaban de él y hacían bromas a su costa, dando rienda suelta a su ingenio oficinesco. Contaban en su presencia distintas historias que le concernían; decían que su patrona, una anciana de setenta años, le pegaba; le preguntaban cuándo se casaría con ella y arrojaban sobre su cabeza trocitos de papel, afirmando que eran copos de nieve. Pero Akaki Akákievich no decía ni palabra, como si delante de él no hubiera nadie. Ni siquiera conseguían distraerlo de sus ocupaciones, hasta el punto de que, a pesar de todas esas molestias, no cometía ni un solo error. Solo cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le daban un golpe en el codo y le impedían proseguir con su labor, exclamaba: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?». Y había algo extraño en sus palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba, algo que inducía a la compasión, de suerte que un joven que acababa de ingresar en el servicio y que, siguiendo el ejemplo de sus compañeros, se había permitido gastarle una broma, se detuvo de pronto, como petrificado. Desde entonces todo pareció mudar y cambiar de aspecto a su alrededor. Una fuerza sobrenatural le apartó de sus compañeros, a quienes había considerado personas educadas y respetables. Y durante mucho tiempo, en los momentos de mayor alegría, se le aparecía la imagen de ese pequeño funcionario, con entradas en la frente, y oía sus penetrantes palabras: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?», en las que resonaban estas otras: «¡Soy tu hermano!». Entonces, el desdichado joven se tapaba la cara con la mano. Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles…
