El Capote
El Capote Resultaría difícil encontrar a otra persona tan apegada a su trabajo. Sería poco decir que atendía con celo sus obligaciones. No, lo hacía con amor. Esa labor de copia le ponía delante de los ojos un mundo fascinante y siempre distinto. En su rostro se reflejaba el placer que experimentaba. Tenía algunas letras favoritas y, cuando se topaba con una de ellas, no cabía en sí de gozo: sonreía, parpadeaba y removía los labios como para ayudarse, de manera que casi podía leerse en su semblante cada letra que trazaba su pluma. Si hubieran recompensado su celo como correspondía, probablemente habría acabado convirtiéndose, para su propia sorpresa, en consejero de Estado. Pero, como decían los guasones de sus compañeros, en lugar de lucir una condecoración en el ojal, había acabado con hemorroides. En cualquier caso, sería exagerado decir que nadie había reparado en sus méritos. Un director, hombre bondadoso, deseando premiarle por sus largos años de servicio, ordenó que le encomendasen alguna labor más importante que su acostumbrada tarea de copia. Se trataba de reelaborar un documento ya preparado y enviarlo a otro departamento. Lo único que tenía que hacer era cambiar el encabezamiento y pasar algunos verbos de la primera a la tercera persona.
