Historias de San Petersburgo

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Chartkov se convirtió en un pintor de moda en todos los aspectos. Asistía a comidas, acompañaba a las señoras a las galerías de arte e incluso al paseo, vestía con suma elegancia, declaraba públicamente que el pintor debe pertenecer a la alta sociedad, que debe mantener dignamente el prestigio de su título de artista; decía que los artistas vestían como zapateros, que no sabían comportarse con urbanidad, ignoraban las reglas de conducta en sociedad y carecían de toda cultura. Impuso la pulcritud y el orden más estrictos en su casa y en su estudio, tomó dos lacayos impresionantes, se hizo con elegantes discípulos, cambiaba de traje varias veces al día, llevaba el pelo rizado, se dedicó a perfeccionar las distintas maneras de recibir a los clientes y perfilar a toda costa su exterior, a fin de producir buena impresión a las señoras. En una palabra, que al poco tiempo no había modo de reconocer al humilde pintor que un día trabajara, ignorado, en su tugurio de la isla de Vasílievski. De los artistas y del arte opinaba ahora severamente: afirmaba que a los pintores antiguos se les atribuían demasiadas virtudes; que todos los prerrafaelistas pintaban arenques en lugar de personas; que la idea de la presencia de cierto halo de santidad en torno a ellos no era más que una figuración de los que estudian sus obras; que ni aun era perfecto todo lo que había pintado Rafael, y que muchas de sus obras conservaban la fama sólo por tradición; que Miguel Angel era un jactancioso porque su único empeño consistía en alardear de sus conocimientos de anatomía, que sus cuadros carecían de gracia y que únicamente ahora, en nuestro siglo, se debía buscar la brillantez, el vigor y el colorido auténticos. Como es natural, después de estas parrafadas, terminaba refiriéndose a sí mismo.


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