Historias de San Petersburgo

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El artista se vio premiado con sonrisas, dinero, elogios, un sincero apretón de manos, invitaciones a comer... En una palabra, que lo colmaron de atenciones. El retrato causó sensación en la ciudad. La señora lo exhibió a sus amigas y todas se maravillaron del arte con que el pincel había sabido conservar el parecido y, al mismo tiempo, darle belleza al original. La última observación, naturalmente, no carecía de un leve matiz de envidia. Y, de repente, Chartkov se vio abrumado de encargos. Cualquiera hubiese dicho que la ciudad entera quería hacerse retratar por él. La campanilla sonaba a cada momento. Por un lado, aquello podía ser bueno, ya que le brindaba la oportunidad de practicar constantemente con multitud de rostros distintos. Por desgracia eran personas a las que resultaba muy difícil amoldarse: gente falta de tiempo, muy ocupada o perteneciente a la alta sociedad, lo que significa más ocupada que todos los demás y, por tanto, en extremo impaciente. Todos a una, pedían que el trabajo fuese bueno y que lo terminara pronto. Persuadido de que era absolutamente imposible esmerarse, optó por recurrir sólo a la destreza de la mano y la agilidad del pincel. Había que captar tan sólo el conjunto, tan sólo la expresión general, sin profundizar en la sutileza de los detalles. En una palabra, era de todo punto imposible reproducir fielmente la naturaleza del modelo. A esto se debe añadir que todos los retratados tenían pretensiones de lo más diversas. Las señoras exigían que, en esencia, sólo representara el alma y el carácter en los retratos y pasara por alto lo demás, que suavizara las facciones demasiado acusadas y disimulara las imperfecciones o incluso las evitara a ser posible. O sea, que el rostro inspirara admiración por no decir apasionamiento. En consecuencia, al posar adoptaban a veces expresiones que sorprendían al artista: una procuraba dar a su rostro aire melancólico, la otra soñador y la tercera se empeñaba en achicar la boca y la fruncía hasta el extremo de convertirla en un punto del tamaño de la cabeza de un alfiler. Con todo eso, aún pedían que cuidara el parecido y la naturalidad de la actitud. Los caballeros no les iban a la zaga a las señoras. Uno quería que lo pintara con un giro de cabeza altivo y enérgico; otro, mirando hacia arriba con inspiración; un teniente de la Guardia exigía que en sus ojos se viera al dios Marte; un funcionario civil tendía a dar la rectitud y la nobleza mayores a su rostro y pedía que una de sus manos descansara sobre un libro, en cuya portada se pudiera leer sin esfuerzo: “Siempre abogó por la verdad”. Al principio, aquellas exigencias atosigaban al pintor porque había que reflexionar en ellas y darles una solución, siendo muy exiguo el plazo que le concedían. Hasta que dio con el quid y se acabaron todas sus preocupaciones. Con dos o tres palabras se percataba de lo que quería aparentar uno. Al émulo de Marte, le ponía a Marte en el rostro; a quien le daba por Byron, lo sacaba en actitud y gesto byronianos. Cuando las señoras deseaban ser una Corina, una Ondina o una Aspasia, él accedía a todo de buen grado y añadía de su cosecha una buena dosis de aire virtuoso, que nunca está de más, como es sabido, y, en ocasiones, consigue incluso que se le perdone al artista la falta de parecido. Pronto llegó a maravillarse él mismo de la destreza y la celeridad prodigiosas que había adquirido. En cuanto a los retratados, como es natural, quedaban encantados y lo proclamaron un genio.


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