Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo A Chartkov le halagaban esos comentarios. Cuando las revistas le dedicaban elogios, se alegraba como una criatura, aunque esos elogios los había comprado con su dinero. A todas partes iba provisto de la revista en cuestión y, como quien no quiere la cosa, la mostraba a conocidos y amigos, procurándose así la más ingenua de las satisfacciones. Crecía su fama y aumentaba el número de encargos. Empezaban a hastiarle los retratos siempre iguales y los rostros cuyo giro y cuya expresión eran ya pura rutina. Los pintaba sin gran interés, limitándose a esbozar mal que bien la cabeza y dejando que sus discípulos se encargaran del resto. Antes, por lo menos, intentaba encontrar alguna actitud nueva, de impresionar con el vigor de su pintura. Ahora hasta eso lo aburría. Tenía la mente fatigada de tanto inventar y discurrir. Ni estaba ya al alcance de sus fuerzas ni disponía de tiempo para hacerlo. Su existencia de frivolidades y la sociedad donde procuraba desempeñar el papel del hombre de mundo lo alejaban mucho del trabajo y de la reflexión. Su pincel se enfriaba, se embotaba, y él se recluyó insensiblemente en un mundo de formas invariables, acotadas y gastadas hacía ya tiempo. Los rostros monótonos, fríos, siempre rígidos e impenetrables de funcionarios, militares y civiles no le daban mucho campo al pincel, que llegó a olvidar los suntuosos drapeados, los trazos enérgicos de la pasión. En cuanto a los grupos, el drama artístico y su elevado desenlace estaban descartados. Sólo tenía que enfrentarse con un uniforme, un corsé o un frac, prendas que dejan helado al artista y secan la imaginación. Sus obras habían perdido ya las cualidades más corrientes y, sin embargo, gozaban todavía de fama, aunque los entendidos y los verdaderos artistas se limitaban a encogerse de hombros ante sus últimos trabajos. Y algunos que habían conocido antes a Chartkov no lograban explicarse cómo había llegado a desaparecer un talento que apuntaba ya con brillantez en sus comienzos, ni de qué manera podían extinguirse las dotes de un hombre que acababa de entrar en la plenitud.