Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo Pero, embriagado por el éxito, el artista no escuchaba esos comentarios. Llegaba ya a la época en que la inteligencia y los años dan compostura, había empezado a tomar peso y a ensanchar a ojos vistas. En los periódicos y en las revistas leía ya su nombre acompañado de epítetos halagadores: “Nuestro respetable Andréi Petróvich”, “Nuestro emérito Andréi Petróvich”. Empezaban ya a ofrecerle cargos honoríficos e invitaciones para formar parte de comités y jurados de exámenes. Como siempre ocurre al pasar los años, ya iba inclinándose mucho por Rafael y los maestros antiguos, no porque se hubiera persuadido de su gran valor, sino para zaherir a los artistas jóvenes. Como todos los que entran en esa edad, empezaba ya a reprochar a la juventud su amoralidad y su descarrío espiritual. Empezaba ya a creer que todo se hace de una manera muy sencilla en este mundo, que la inspiración no viene de arriba y que todo debe obedecer a la rigurosa ordenación de la meticulosidad y la uniformidad. En una palabra, su vida rayaba ya en la época en que se consume dentro del hombre todo lo que representa el ímpetu, en que el arco poderoso no hace vibrar tanto las cuerdas del alma ni embarga el corazón con sus notas sonoras, cuando el contacto con la belleza no convierte ya las fuerzas vírgenes en fuego y llamarada, sino que todos los sentidos, embotados ya, se hacen más accesibles al sonido del oro, prestan oído más atento a su sugestiva melancolía y poco a poco, insensiblemente, le permiten que los aletargue completamente. La gloria no puede causar deleite a quien la ha usurpado y no merecido; sólo estremece de emoción al que es digno de ella. Por eso, todos los sentimientos y los anhelos de Chartkov se encauzaron hacía el oro. El oro se convirtió en su pasión, su ideal, su temor, su deleite y su meta. Los fajos de billetes se multiplicaban en las arcas y, como le sucede a todo aquel a quien la suerte le depara ese terrible don, fue tornándose tedioso, inaccessible a todo lo que no fuese oro, avaro sin motivo, atesorador impenitente, a punto ya de convertirse en uno de esos extraños seres que abundan en nuestra insensible alta sociedad y que el hombre de corazón y lleno de vida contempla con espanto porque le parece que son féretros de piedra que se mueven con un cadáver dentro en lugar de corazón. Sin embargo, un acontecimiento vino a causarle una fuerte conmoción y a despertar todas sus fibras vitales.