Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo «Esto ya está bien, ¡qué demonios!», se dijo el mayor chascando los dedos. En ese momento asomó por la puerta el barbero Iván Yákovlevich, pero con tanto temor como un gato al que acaban de atizar por robar tocino.
–Lo primero que debes decirme es si traes las manos limpias –lo interpeló ya desde lejos Kovaliov.
–SÃ. Claro que están limpias.
–¡Mentira!
–Le juro que están limpias, señor.
–Bueno. Ya veremos.
Kovaliov se sentó. Iván Yákovlevich le puso el paño y, con la brocha, convirtió su barba y parte de las mejillas en algo parecido a la crema que se suele servir en los convites onomásticos de los comerciantes.
«¡Bueno!… –exclamó Iván Yákovlevich para sus adentros contemplando la nariz, y luego torció la cabeza hacia el lado opuesto para verla de perfil–. ¡MÃrenla ustedes!… ¡Ahà está! Aunque la verdad es que, si se para uno a pensar…», agregó, y estuvo mirando todavÃa un buen rato la nariz. Finalmente, con toda la delicadeza y todo el esmero que se puede uno imaginar, levantó dos dedos para sujetarla por la punta, pues tal era el sistema de Iván Yákovlevich.
–¡Eh, eh, tú! ¡Cuidado! –gritó Kovaliov.