Historias de San Petersburgo
Historias de San Petersburgo Los compradores de estas obras suelen ser pocos, pero en cambio hay multitud de mirones. Las contempla con la boca abierta algún criado desaprensivo que lleva en un portaviandas el almuerzo que ha sacado de la fonda para su amo, quien, de seguro, no comerá la sopa muy caliente. Antes que él las han contemplado, sin duda, aquel soldado del capote, rey del baratillo, que vende dos cortaplumas y aquella vendedora de Ojtá, cargada con una caja llena de zapatos. Cada cual se admira a su manera: los mujiks suelen señalar con el dedo; los señores adoptan una actitud grave; los recaderos y los aprendices de menestrales se ríen y se burlan unos de otros, comparándose con las caricaturas allí pintadas; los lacayos viejos, uniformados con capotón de frisa, miran tan só1o para quedarse embobados en alguna parte; en cuanto a las vendedoras, jóvenes mujeres rusas, acuden por instinto para escuchar lo que parlotea la gente y mirar lo que miran los demás.