La Nariz
La Nariz «No —pensó Kovalev, después de leer la carta—; no cabe duda de que ella es inocente. ¡Es de todo punto imposible! Semejante carta no la puede escribir una persona que ha cometido un delito».
El asesor de colegio era entendido en estas cosas, ya que se le habÃan encomendado varias pesquisas en las provincias del Cáucaso.
«¿Cómo y de qué manera habrá sucedido? —volvió a preguntarse muchas veces—. ¡Qué el diablo lo entienda!». Y resignado, dejó caer las manos.
Mientras tanto, se habÃa propagado por la corte el rumor de este extraordinario suceso…, pero, como de costumbre, se difundió con adiciones y exageraciones especiales. Todos los ánimos se inclinaron precisamente, por ese entonces, a creer en fenómenos sobrenaturales. Poco antes habÃan interesado al público toda clase de experimentos relativos al magnetismo; y a ello venÃa a añadirse que seguÃa aún vivo el recuerdo de la historia de las sillas andantes en la Calle de los Ranchos.