La Nariz
La Nariz —¡Ah, te conozco! ¡Eres malicioso y agudo como una aguja!
Caminando, pensaba: «Si el mayor no revienta de risa al verme, puedo tener la seguridad de que todo está en su lugar y en orden». Mas el asesor de colegio no hizo ninguna alusión. «¡Bien! ¡Excelente! ¡Diablo!», pensó Kovalev.
En la calle topó con la señora Podtochina, esposa de un alto oficial, y su hija; hizo una reverencia y fue saludado con exclamaciones de alegrÃa. Por consiguiente, todo estaba bien; no tenÃa defecto alguno. Conversó largo rato con ellas, extrajo con toda confianza la tabaquera y tardó mucho en llenarse ambas ventanas de la nariz, diciendo para sà «¡Mujeres, va veis que sois tontas! No pienso, ni lejanamente, casarme con tu hija, asà no más…, par amour… ¡Eso serÃa intolerable!» Y desde entonces el mayor Kovalev se dejó ver, como si nada hubiera sucedido, en la Perspectiva Nevski, en los teatros y en todas partes. Y su nariz estaba —como si nada hubiera sucedido— fija en su cara, sin dejar entrever de ninguna manera que habÃa hecho semejante escapada.