La Nariz
La Nariz Iván Yakovlevich dejó caer las manos, perdió el tino y se desconcertó como nunca. Finalmente comenzó a cosquillearle con sumo cuidado con la navaja, en la parte del cuello situada debajo del mentón; aunque le resultó incómodo y difícil afeitarle, porque no podía tocar el órgano del olfato, acabó por vencer todas las dificultades apoyando su áspero dedo pulgar, ora sobre el carrillo, ora sobre la mandíbula inferior, y así llevó a feliz término la afeitada.
Terminado todo, Kovalev se vistió de prisa, tomó un coche y fue directamente a una confitería. Desde el umbral dijo en voz alta al mozo:
—¡Eh, eh! ¡Una taza de chocolate! —y al mismo tiempo volvió a mirarse al espejo. ¡La nariz estaba todavía! Volvió la cabeza con alegría para mirar fijamente, con expresión maliciosa y con guiños, a dos oficiales, uno de los cuáles tenía la nariz no mucho mayor que un botón de chaleco.
Luego fue a la cancillería del departamento en que aspiraba al cargo de vicegobernador o, de lo contrario, por lo menos, al de ejecutor. Al atravesar la sala de espera, miró al espejo…, ¡la nariz estaba aún en su rostro! Después fue a ver a otro asesor de colegio o mayor, hombre muy burlón, a cuyas observaciones satíricas no replicaba a menudo más que con las siguientes palabras: