La Nariz
La Nariz «¡Muy bien! ¡Excelente! ¡Diablos!», dijo el mayor para sus adentros y chasqueó con los dedos. En aquel momento apareció en la puerta el barbero Iván Yakovlevich…, tÃmido como un gato al que hubieran pegado por haber robado un pedazo de sebo.
—Ante todo, dime si tus manos están limpias —gritó Kovalev desde lejos.
—¡Por cierto que están limpias!
—¡Mientes!
—¡SÃ, por Dios, están limpias, señor!
—¡Cuidado, amigo!
Kovalev se sentó e Iván Yakovlevich le puso una servilleta. En un momento convirtió, por medio de la brocha, toda la barba y una parte de la mejilla en una crema semejante a la que los comerciantes sirven a sus convidados en sus fiestas onomásticas.

«¡Caramba! —dijo Yakovlevich entre sÃ, después de haber mirado la nariz; luego volvió la cabeza un poco y la miró también de lado—; ¡caramba!; ¡qué cosa!; ¡quién lo hubiera pensado!» Miró la nariz durante mucho tiempo más. Por último alzó los dedos, con delicadeza y cuidado apenas imaginables, para coger la punta de la nariz. Tal era el sistema del barbero Iván.
—¡Basta! ¡Atención! ¡Cuidado! —gritó Kovalev.