Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Sin preocuparse de nada, sin inquietarse de los perseguidores mandados en su busca, el culpable de todo ese alboroto se aproximaba con lentos pasos a la vieja casa levantada junto al estanque. No creo necesario aclarar que se trataba de Levko. Llevaba abierta su pelliza negra y tenía la gorra en la mano. El sudor le caía a chorros. El bosque de arces, sombrío y majestuoso, destacaba como una masa oscura a la luz de la luna. Un soplo de aire fresco, procedente del estanque inmóvil, acarició al fatigado caminante, incitándole a descansar junto a la orilla. Todo estaba en silencio; sólo en la profunda espesura se oía el canto de un ruiseñor. Una invencible somnolencia le cerraba los ojos; sus cansados miembros se volvieron más pesados y rígidos. El joven inclinó la cabeza… «No, a este paso, voy a quedarme aquí dormido», dijo, levantándose y frotándose los ojos. Miró a su alrededor: la noche le pareció aún más brillante. Un extraño y mirífico resplandor se entreveraba con el destello de la luna. Nunca había visto nada semejante. Una niebla plateada flotaba por los alrededores. El aroma de los manzanos floridos y de las flores nocturnas se difundía por toda la tierra. Levko miraba con asombro las aguas inmóviles del estanque: la vieja casa señorial se reflejaba en ellas boca abajo, pura e investida de una diáfana majestuosidad. En lugar de sombríos postigos, se veían alegres cristales en ventanas y puertas. A través de los vidrios transparentes se vislumbraban algunos dorados. De pronto le pareció que una de las ventanas se abría. Conteniendo el aliento, sin moverse y sin apartar los ojos del estanque, se sintió transportado a las profundidades y vio, primero, un brazo blanco en la ventana, y más tarde, apoyado en él, una bonita cabeza de brillantes ojos, que centelleaban dulcemente entre ondas de cabellos castaños. También advirtió que la muchacha sacudía levemente la cabeza, agitaba los brazos, sonreía… El corazón del hombre empezó a latir con fuerza… El agua tembló y la ventana volvió a cerrarse. Levko se apartó en silencio del estanque y contempló la casa: los sombríos postigos estaban abiertos; los vidrios resplandecían a la luz de la luna. «Qué poco hay que fiarse de las habladurías de las gentes», se dijo. «La casa parece nueva; los colores son tan vivos como si la hubieran pintado hoy mismo. Alguien debe habitarla», y se acercó sin hacer ruido, pero en la casa todo era silencio. Los armoniosos trinos de los ruiseñores resonaban fuertes y sonoros, y cuando llegaban a la cumbre del deleite y empezaban a languidecer, se oía el susurro y el rumor de los grillos o el zumbido de un ave de los pantanos, que golpeaba con su resbaladizo pico el vasto espejo de las aguas. Un sentimiento de suave quietud y de bienestar se apoderó del corazón de Levko. Afinó su bandurria y se puso a tocar y a cantar:
