Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La señorita se echó a reÃr y las muchachas, dando gritos, cogieron a la que habÃa representado el papel de cuervo.
—¿Con qué puedo recompensarte, muchacho? Sé que no necesitas oro: estás enamorado de Hanna, pero tu severo padre te impide casarte con ella. Ya no se interpondrá más. Toma, dale este billete.
La muchacha extendió su blanca mano, y su rostro se iluminó y brilló con una prodigiosa claridad… Sintiendo que una agitación inexplicable se apoderaba de él y que su corazón latÃa con todas sus fuerzas, el muchacho cogió el papel y… se despertó.
—¿Habrá sido todo un sueño? —se dijo Levko, levantándose del pequeño montÃculo en que estaba sentado—. ¡ParecÃa todo tan real como la vida!… ¡Qué prodigio! ¡Qué prodigio! —repitió, mirando a su alrededor.
