Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡No temas, corazón mío, no temas! —le dijo en voz baja el joven, cogiéndole la mano—. No voy a decirte nada malo.

«Puede que no vayas a decirme nada malo», pensó para sí la bella muchacha, «pero siento algo muy extraño… ¡Debe ser alguna treta del diablo! Sé que no está bien, pero no tengo fuerzas para retirar la mano».

El campesino se dio la vuelta con intención de hablar con su hija, pero en ese momento, no lejos de donde él estaba, alguien se refirió al trigo. Nada más escuchar esa palabra mágica, el campesino se acercó a dos comerciantes que conversaban en voz alta y quedó tan absorbido por sus razones que se olvidó de todo cuanto le rodeaba. Veamos qué decían esos comerciantes.

III

¡Mira que muchacho!

Pocos como él hay en el mundo.

¡Bebe aguardiente como si fuera cerveza!

(Kotliarevski, La Eneida).

—De modo, paisano, que, según tu opinión, no venderemos a buen precio nuestro trigo —decía un hombre con aspecto de mercader venido de algún lugarejo, vestido con pantalones bombachos de dril manchados de alquitrán y de grasa, a otro que llevaba una casaca azul con remiendos y lucía un enorme chichón en la frente.


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