Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Aquà tienen mi segundo libro o, mejor dicho, el último. La verdad es que por nada del mundo querÃa publicarlo. Francamente, creo que ha llegado el momento de dejarlo. Les diré que en la aldea ya empiezan a burlarse de mÃ. «El viejo abuelo se ha vuelto loco —dicen— en los años de la vejez se divierte con juegos de niños». Y en efecto, ya es hora de descansar. Probablemente dirán ustedes, estimados lectores, que finjo ser más viejo de lo que soy. Pero ¿qué necesidad tengo de ello cuando no me queda ni un solo diente? Si me dan algún alimento blando puedo masticarlo, pero si se trata de algo duro no hay manera de morderlo. Asà pues, ¡aquà tienen otro libro! Sólo les pido que no me injurien. No está bien insultar a una persona de la que nos despedimos, sobre todo si no sabemos cuándo volveremos a verla. En este libro oirán relatos de narradores desconocidos para ustedes, con la única excepción de Fomá Grigórievich. En cuanto a aquel señor del caftán color guisante, cuya lengua tan afectada muchos espÃritus agudos no entendÃan, ni siquiera en Moscú, hace ya tiempo que no se encuentra entre nosotros. Desde que se enfadó con todo el mundo, no ha vuelto a poner los pies en nuestra aldea. Pero ¿no les he contado esa historia? Pues escúchenme ustedes. Fue toda una comedia. El año pasado, ya cerca del verano —creo que fue el dÃa de mi santo—, vinieron a mi casa algunos invitados (debo decirles, amables lectores, que mis paisanos, Dios les conserve la salud, nunca se olvidan de este viejo. Hace ya cincuenta años que empecé a celebrar mi santo. En cuanto a mi edad exacta, ni yo ni mi vieja podrÃamos decÃrsela. Probablemente debo andar cerca de los setenta. El pope de Dikanka, el padre Jarlampi, sabÃa la fecha de mi nacimiento, pero por desgracia hace ya cincuenta años que pasó a mejor vida). El caso es que vinieron a casa unos invitados: Zajar KirÃlovich, Chujopupenko, Stepán Ivánovich Kúrochka, Tarás Ivánovich Smachenki y el asesor Jarlampi KirÃlovich Jlosta; vino también… pero he olvidado su nombre y apellido… Ósip… Ósip… ¡Dios mÃo, pero si lo conoce todo MÃrgorod! Es ese que antes de hablar hace chasquear los dedos y pone los brazos en jarra… Bueno, dejémoslo, ya me acordaré en otro momento. También estaba presente ese señor de Poltava al que ya conocen ustedes. A Fomá Grigórievich no lo cuento porque es como de la familia. Todos hablaron (de nuevo debo advertirles que en casa nunca nos ocupamos de minucias; a mà me gustan las conversaciones con fundamento, aquellas que no sólo dan placer, sino que también permiten extraer algún provecho) de la mejor manera de conservar las manzanas. Mi vieja habÃa comentado que primero hay que lavar bien las manzanas, luego bañarlas en levas y más tarde… «¡Nada de eso!», apuntó el señor de Poltava, metiendo la mano en su caftán de color guisante y paseándose por la habitación con aires de importancia. «¡Nada de eso! Primero hay que espolvorearlas con tanaceto y sólo después…». Bueno, yo me remito a ustedes, amables lectores. DÃganme en confianza: ¿alguna vez han oÃdo que a las manzanas se las espolvoree con tanaceto? Es verdad que se les ponen hojas de grosellero y hierbas, pero jamás he oÃdo que se les añada tanaceto. En cualquier caso, nadie sabe más de estos asuntos que mi vieja. ¡DÃganme, por favor, si no tengo razón! Como le tenÃa por un hombre de bien, me lo llevé aparte y le dije en voz baja: «¡Escucha, Makar Nazárovich! ¡No hagas reÃr a la gente! Eres un hombre de no poca valÃa: tú mismo nos has contado que en una ocasión compartiste mesa con el gobernador. Si sigues diciendo esas cosas, se van a burlar de ti». ¿Y qué creen ustedes que me contestó? Nada. Escupió en el suelo, cogió su gorro y se fue. ¡Si al menos se hubiera despedido de alguien o hubiera hecho un saludo con la cabeza! Pero lo único que oÃmos fue cómo la calesa se acercaba a la cancela, haciendo tintinear su campanilla. El hombre subió al coche y se marchó. ¡Tanto mejor! ¡No tenemos necesidad de semejantes invitados! Les diré, estimados lectores, que no hay nada peor en este mundo que cierta clase de aristocratismo. Hay quien levanta mucho la nariz porque su tÃo fue comisario. ¡Como si fuera ése el grado más elevado del escalafón! Gracias a Dios, hay personas que han llegado más alto. No, no me gusta esa clase de aristocratismo. Miren por ejemplo a Fomá Grigórievich; en apariencia, no parece una persona señalada; pero fÃjense con atención: en su rostro resplandece cierto aire de gravedad y su figura inspira un respeto involuntario, incluso cuando aspira su tabaco barato. En la iglesia, cuando se pone a cantar en el coro, siente uno una emoción indescriptible ¡Parece como si fuera uno a derretirse! En cambio ese otro… ¡Que se quede con Dios! Se imagina que no puede uno pasarse sin sus historias. Pues aquà tienen ustedes un libro entero.