Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Qué dices tú, Paraska? —le dijo Cherevik, volviéndose hacia su hija con una sonrisa en los labios—. Tal vez podrÃais, como se dice, pacer los dos juntos… en el mismo prado. ¿Qué? ¿Chocamos las manos? ¡Ahora, futuro yerno, tienes que convidarme!
Los tres se dirigieron a un conocido restaurante de la feria, un tenderete regentado por una judÃa, repleto de una innumerable flotilla de botellas, frascos y recipientes de todas las clases y edades.
—¡Ah, muchacho! ¡Esto sà que me gusta! —decÃa Cherevik, algo achispado, al ver cómo su futuro yerno llenaba una jarra con medio cuartillo de aguardiente, la vaciaba sin pestañear y la rompÃa después en mil pedazos—. ¿Qué dices tú, Paraska? ¿Has visto qué marido he encontrado para ti? ¡Mira con qué gallardÃa sorbe la espuma!
Después, riendo y tambaleándose, se dirigió con ella a su carro, mientras el muchacho se encaminaba a los tenderetes que vendÃan mercancÃas de calidad, entre los que habÃa incluso comerciantes venidos de Gadiach y de MÃrgorod, dos famosas ciudades de la provincia de Poltava. QuerÃa comprar una buena pipa de madera con elegante montura de cobre, un pañuelo de flores sobre fondo rojo y una gorra, presentes de boda para su suegro y todos aquéllos a quienes correspondiera regalar.
Aunque el hombre quiera una cosa,
como la mujer quiera otra,
