Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Ah! ¡Que por qué es un granuja! ¡Ah, cabeza de chorlito! ¡Que por qué es un granuja! ¡Entérate bien! ¿Dónde tenÃas los ojos, imbécil, cuando pasamos junto a los molinos? ¡Pueden ofender a tu mujer delante de tus mismas narices manchadas de tabaco que a ti te da lo mismo!
—Pues yo no veo que haya hecho nada malo. ¡Es un muchacho estupendo! ¡Todo lo que puede decirse es que te manchó un poco la cara con estiércol!
—¡A lo que veo no me vas a dejar decir palabra! ¿Qué significa esto? ¿Cuándo se ha visto cosa igual? Seguramente ya has tenido tiempo de tomar un trago, antes incluso de haber vendido nada.
En ese momento nuestro Cherevik, advirtiendo que habÃa hablado demasiado, se cubrió la cabeza con las manos, pensando que su irritada compañera no tardarÃa en tirarle de los pelos con sus conyugales garras.
«¡Que se vaya todo al diablo! ¡Se acabó la boda!», se dijo, esquivando a su amenazante esposa. «Habrá que darle una negativa a ese buen muchacho sin ningún motivo. ¡Señor, qué te hemos hecho para merecer este castigo! ¡Como si no hubiera ya suficiente suciedad en este mundo, se te ocurre llenar la tierra de mujeres!».
No te dobles, arce,
tu rama aún es verde;
no te apenes, cosaco,
